
La Iglesia de Los Jesuitas, abierta al culto en 1718, destaca por sus retablos barrocos y un original trampantojo en la capilla mayor. Sus torres gemelas de más de 50 metros ofrecen vistas privilegiadas de Toledo y su catedral.
La fundación
En 1558 los jesuitas reciben el permiso del arzobispo Carranza para establecerse en la ciudad imperial con el deseo de fundar además, casa profesa por contar la ciudad con universidad. Tras ocupar varias ubicaciones temporales, finalmente se instalaron en la plaza del Salvador, con una comunidad creciente de sacerdotes, estudiantes y hermanos. En 1583, abrieron el colegio de San Eugenio en una casa alquilada, pero rápidamente quedó pequeña para los 700 alumnos. Decidieron entonces comprar un solar más grande y tranquilo.
La tradición había conservado el lugar en el que se situaban la casa natal del santo, que acogía el culto a través de una pequeña capilla que ya en el siglo XVI había quedado embutida dentro de las casas principales del quinto conde de Orgaz, don Juan Hurtado de Mendoza Rojas y Guzmán, quien las puso a la venta, comunicándoselo a su hermano jesuita. La Compañía de Jesús decide comprar este lugar en 1569 con el fin de construir una gran iglesia y casa profesa.
Las compras de solares, incluyendo el del Hospital de la Misericordia, agotaron los fondos, pero fueron salvados por dos piadosos hermanos, Don Pedro y doña Estefanía Manrique, que ofrecieron su herencia como patronos. Aunque la obra se terminó décadas después y los planes originales no se realizaron, los cuerpos de los hermanos Manrique descansan en capillas que flanquean el altar mayor, con sus escudos colocados en las pechinas de la cúpula.

Gran arquitectura contrarreformista al estilo de las iglesias jesuitas
La Iglesia de los Jesuitas, o Iglesia de San Ildefonso, de dimensiones impresionantes, es un claro ejemplo de la espiritualidad de la Contrarreforma. Tiene una sola nave con forma de planta de cruz latina, con ocho capillas a los lados que están conectadas entre sí. Su arquitectura destaca por la gran cúpula que cubre el crucero.
Aunque la Iglesia del Gesú en Roma es el modelo principal, otras construcciones españolas más recientes también influyen en su diseño.
En la escritura de fundación de 1602 se especifican las medidas que debe tener, y se planea una iglesia de casi 30 metros de largo. Se menciona el interés de hacerla similar a la iglesia de la Compañía en Palencia. Sin embargo, en 1605 se decide que el diseño se base en la iglesia del Colegio de Alcalá de la Compañía de Jesús, mejorando lo necesario.

Luz para la eucaristía
Como buen templo barroco y reflejo de la espiritualidad contrarreformista, la luz está cuidadosamente distribuida para crear un efecto teatral. La nave central tiene luz tamizada, dejando las capillas laterales en penumbra. Toda la luz se concentra en el crucero junto al altar mayor, donde la cúpula con sus ocho ventanas ilumina generosamente el lugar de la consagración y veneración del cuerpo de Cristo.
El arquitecto Monegro y el maestro jesuita Pedro Sánchez
El diseño, inspirado en la iglesia del Gesú de Roma y las iglesias de Palencia y Alcalá, se atribuye a Juan Bautista de Monegro. Pero fue el jesuita Pedro Sánchez quien se encargó de la construcción, que comenzó en 1629. Pedro Sánchez ya había demostrado su capacidad y fue llamado a dirigir las obras en Toledo y en el Colegio Imperial de Madrid. Probablemente hizo una nueva versión del diseño, reformando la cabecera y la fachada. La primera piedra se colocó el 10 de febrero de 1629. El año anterior ya se habían asegurado los materiales necesarios para la construcción, que comenzó por la fachada para no interrumpir el culto en la capilla original.
Francisco Bautista y la fachada barroca
Al morir Pedro Sánchez en 1633, fue sustituido por el arquitecto jesuita Francisco Bautista, quien había trabajado en la catedral de Toledo. Bautista diseñó una fachada más barroca y atrevida, y también decoró el interior con grandes ménsulas de yeso y cornisas prominentes, animando la arquitectura clásica.
Bartolomé Zumbigo y las torres
En 1642, la construcción se detuvo por falta de recursos. En 1669, el arquitecto toledano Bartolomé Zumbigo retomó las obras. Elevó el cuerpo de la nave y capillas, añadió un gran ventanal en la fachada para iluminar la nave, y completó el segundo piso de las torres, que se finalizaron con campanarios en 1701.
José Hernández Sierra y el crucero con cúpula
En 1752, se reanudaron las obras de la iglesia bajo la dirección de José Hernández Sierra. Hasta entonces, los esfuerzos se habían centrado en el edificio adjunto destinado a casa profesa o Noviciado bajo la advocación de San Eugenio. Hernández Sierra se encargó del crucero y su cúpula, construida con una estructura de madera recubierta de yeso por dentro y ladrillo por fuera, y cubierta con lajas de pizarra. También diseñó la nueva sacristía, inspirándose en la catedral y en otros edificios cercanos. La obra se completó finalmente en 1765, solo dos años antes de la expulsión de la Compañía de España por orden de Carlos III.
Los grandes retablos del crucero
En el crucero, reemplazando los retablos originales de Pedro de Luna, se encuentran magníficos retablos provenientes de la desaparecida iglesia de San Juan Bautista. A la derecha, el retablo mayor presenta un lienzo del Bautismo de Cristo pintado en 1702 por Alonso del Arco, un artista sordomudo madrileño. A la izquierda, el retablo del gremio de carpinteros, también de la misma parroquia, es obra de Mateo de Medina y cuenta con una espléndida imagen de San José tallada por Germán López Mejía.
Germán López Mejía es también el autor del apostolado distribuido por la nave y el crucero, así como de la hermosa imagen de la Virgen del Socorro en la capilla relicario, un espacio octogonal dedicado a la exaltación y culto de las reliquias.





